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Lizzy
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Disciplina positiva para niños






La disciplina positiva es mucho más que un estilo educativo, es una forma de vivir y de criar a los niños que se basa en el respeto mutuo entre padres e hijos, y que pone el acento en una crianza afectuosa con apego. Cuando un adulto se ocupa de la educación de un niño pone en marcha una serie de prácticas que engloban actitudes, conductas y creencias, que tienen como finalidad enseñarle y encaminar su desarrollo; esto es lo que se conoce como estilo educativo, y la disciplina positiva es la tendencia educativa que se basa en el respeto y se apoya en la afectividad.

La disciplina positiva aparece como modelo educativo en los años 20 del siglo pasado, como una alternativa a la educación tradicional basada en las ideas de los psicólogos Adler y Dreikus, que no serán aplicadas hasta varias décadas más tarde, cuando la psicóloga Jane Nelsen –autora del libro 'Disciplina positiva' (1981)– experimentó el modelo, lo sintetizó, y demostró sus beneficios.


Diferencias entre disciplina positiva y otros estilos educativos


El término ‘disciplina’ tiene muy mala fama al estar asociado a connotaciones negativas y a modelos educativos que se alejan del respeto al niño y de los afectos. Sin embargo, para educar a los niños y que aprendan a ser responsables de sus actos, y a saber lo que pueden y no pueden hacer, es importante establecer normas y límites. Hay que distinguir, por tanto, entre la disciplina positiva y otros estilos educativos menos eficaces:


La disciplina punitiva

Es un estilo de educación basado en el castigo y en la imposición, que no tiene en cuenta las necesidades del niño y basa su efectividad en el miedo. El niño actúa por temor al castigo, pero no comprende lo que ha podido hacer mal, y no desarrolla un criterio propio. La disciplina punitiva puede tener efectos negativos en la autoestima del niño, además de provocarle resentimientos, rebeldía, deseos de venganza…



La ausencia de disciplina


Tratando de evitar el estilo anterior y el autoritarismo se puede caer en el error de seguir otra tendencia que se caracteriza por una excesiva permisividad, o ausencia de disciplina. En este caso el niño hace lo que quiere y los mayores se lo permiten; no respeta a los adultos que le tienen a su cargo, y tampoco aprende a respetar a otras personas. Las consecuencias negativas de la ausencia de disciplina también son muchas y muy peligrosas: baja autoestima, poca tolerancia a la frustración, dependencia emocional, falta de motivación y escasa capacidad de esfuerzo, ausencia de empatía, etcétera.


La disciplina positiva


Es la alternativa más efectiva, entendida como un recurso para el desarrollo infantil sano, que procura la felicidad y el bienestar de los menores, y a través del cual los niños aprenden a ser autónomos y responsables. Se basa en el respeto mutuo –respeto al hijo y a los padres y otras personas cercanas (maestros, abuelos, hermanos mayores…)–, e implica al niño, sin imponer, pero aportando reglas y normas comunes. Es un tipo de disciplina que se aleja tanto del control extremo y la excesiva autoridad, como de la permisividad, y que se basa en la colaboración, el respeto y el afecto.


Principios en los que basa la disciplina positiva



La disciplina positiva se fundamenta en la comunicación, el amor, el entendimiento mutuo y la empatía. Requiere un clima familiar positivo y respetuoso, y a su vez favorece el disfrute de las relaciones familiares y refuerza los vínculos afectivos. Estos son los principios en los que se basa esta forma respetuosa de educar:

Amabilidad y firmeza. Debe encontrarse el equilibrio y alejarse de la excesiva autoridad y de la excesiva permisividad, por lo que es necesario ser firmes y amables al mismo tiempo.

Respeto mutuo. Con la disciplina positiva se respetan las necesidades del niño, pero también las del adulto. Se trata de escuchar a los niños y comprender lo que sienten para ayudarles a gestionar esas emociones y mostrarles maneras de comportarse respetuosas. No se trata de buscar culpables, ni de hacerles sentir así, sino de enseñarles a aprender del error, desde la aceptación y comprensión del mismo.

Conexión y vínculos afectivos. La disciplina positiva requiere conexión emocional, que favorece por un lado el desarrollo afectivo del niño, y por otro contribuye a reforzar los vínculos con sus padres.

Implicación del niño. Se basa en la comunicación entre padres e hijos y en un modelo democrático para poner las reglas en casa de forma consensuada. Implicando a los niños logramos que hagan suyas las normas, que las entiendan, y aumentamos su compromiso con las mismas.

Desarrollo emocional. El niño percibe que se comprenden y aceptan sus emociones y puede desarrollar su inteligencia emocional. Se pueden producir comportamientos inadecuados, pero se evita el castigo, y la labor del adulto consiste en comprender el porqué de dicho comportamiento, y reconducirlo con respeto y de forma afectuosa.

Desarrollo de la autonomía. El niño aprende a ser resolutivo e independiente, es capaz de tomar sus propias decisiones. El adulto no controla la vida del niño, le guía y está a su lado, proporcionándole las herramientas que necesita para tomar sus decisiones sin sobreprotegerle.

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